La Argentina Gourmet

Ariel Ferraro, cuando los versos se vuelven canción


01 de abril de 2016

Textos: Carmen Manresa

En ocasión del lanzamiento del disco homenaje al poeta riojano, la palabra de su esposa Alba y su hijo Ariel.

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Nombró sus tierras desde una sensibilidad que se arrancaba del costumbrismo y la tradición.  Con la poesía como segunda piel, Ariel Ferraro se convirtió en una figura fundamental de las   letras y la cultura riojana. A 30 años de su muerte, familiares y amigos le rinden tributo con el  disco-libro “El Canto del Poeta”.



Fotos: Carmen Manresa y Álbum de la familia Pereyra Lanzillotto.


Tal vez sus pasos adolescentes recorriendo las calles de Buenos Aires, sin un mango en los bolsillos, puedan reflejar la convicción temprana José Humberto Pereyra en la literatura (Llanos de La Rioja, 1925). Porque este joven riojano no dejaba sus tierras en vano, lo hacía para encontrar a los escritores que alimentaban su entusiasmo por las letras. Todo valía la pena cuando se trataba de conocer, aprender y avanzar por los rumbos que más tarde lo llevaron al periodismo, el ensayo, el teatro y la crítica de arte. 

Sin embargo, la madre de todas sus búsquedas fue la poesía, una segunda piel que lo convirtió en Ariel Ferraro, ese hombre clave en la renovación de la cultura riojana a través de su escritura vanguardista, catalogada por algunos como surrealista y una verdadera cachetada al costumbrismo que imperaba. Pero Ferraro también fue fundamental por la gestión concreta de una agenda que abarcaba todas las artes. Escritores y artistas, locales y extranjeros, consagrados y emergentes llegaron hasta La Rioja de los años 50 y 60 para ampliar, junto al mítico Grupo Calíbar,el panorama cultural de la zona. 

La poesía fue también su trampolín a la música. Rodeado de arte, no fue raro que encontrara a muchos amigos de guitarra en mano: Ramón Navarro, Raúl Mercado, Agustín Gómez, José Oyola, Virgilio Expósito, Edgar Pierángeli, Camilo Matta, Argentino Galván, Alberto Castelar,entre otros tantos, quienes fueron cómplices de su debut como hacedor de canciones. 

La llegada de la dictadura en 1976 interrumpió aquellos buenos tiempos. No fue necesaria la militancia política, ser un pensador y un hombre de convicciones fue suficiente para llevarlo a un periplo de exilio por Carmen de Patagones, Montevideo y finalmente Madrid, donde llegó a mediados del 77, para reunirse más tarde con su esposa, Alba Lanzillotto y sus hijos Alba Rosa y Ariel Fernando. 

Fue en la capital uruguaya donde Ferraro planeó un espectáculo poético-musical al que tituló “Al sur del corazón”.  Muchos años pasaron hasta que esos papeles adquirieron nueva vida en las  manos de su hijo, quien convocó a su madre y hermana para convertirlos en un homenaje a su trayectoria artística. A la iniciativa se sumaron Ramón Navarro, figura fundamental del folklore argentino, y el vientista Víctor Carrión, a cargo de la dirección y producción musical. 

El proyecto se transformó en el disco-libro “El Canto del Poeta”, que vio la luz durante 2015, con una selección de 16 temas interpretados por Huankara, Mónica Abraham, Ramón Navarro (padre e hijo),  Juan Carlos Baglietto, La Bruja Salguero, Juan Quintero, Raly Barrionuevo, Daniel Homer, Agustín Chungo Roy, Juan Falú, Pancho Cabral, el Coro Popular de Cámara, Nicolás Carrión y La Colmena, entre muchas otras voces e instrumentistas de todo el país. 

Un breve libro completa un objeto de colección, con una estética muy cuidada a cargo de la artista  Patricia Aballay y Sara Paoletti, fotos familiares y las palabras de Alba Lanzillotto, su amigo Ramón Navarro y el poeta y dramaturgo Vicente Zito Lema, quienes contextualizan la vida y obra de este prolífico creador. 

En plena era de la música en formato digital, este disco nos retrotrae a esa relación más íntima y de admiración por el disco. Volvemos al ritual inagotable de ubicarlo en el  reproductor y de sentarse a disfrutar los sonidos que arrancan tras el Play, de echar a andar la imaginación y las sensaciones, de trasladarnos a otros parajes. Sólo queda por concretar su presentación en La Rioja y Buenos Aires para que el homenaje llegue a los oídos de quienes conocen y quienes descubrirán a Ariel Ferraro.


Y se hizo camino 

Vencer al tiempo y a inmerecidos olvidos fue la consigna de este proyecto homenaje que Alba Lanzillotto y Ariel Fernando Pereyra planearon para ese hombre fundamental de sus vidas. La idea partió en 2013 y requirió alrededor de nueve meses de grabación en los mejores estudios de Buenos Aires. Una obra que se volvió colectiva en el recuerdo y la admiración. 

Un relato a dos voces para La Argentina Gourmet desde Buenos Aires.

-¿Cómo se gestó este disco homenaje? 

Ariel: Fue una idea mía en base a un viejo guión de un espectáculo que quedó sin llevarse a escena. Tenía un montón de canciones hermosas, por lo que se me ocurrió reformularlo y convertirlo en un homenaje para él. Me junté con mi mamá y mi hermana, y pensamos en llamar a sus compañeros de ruta en la música y la idea fue hacer un disco con su presentación. Fuimos armando un grupo inicial al que se sumó Ramón Navarro, que es un músico riojano muy reconocido en Argentina, con el que compusieron juntos una veintena de temas. Nos juntamos para ver cómo seguíamos y  se sumó otro músico riojano y amigo, Víctor Carrión. Ellos fueron los convocantes y poco a poco nos fueron llamando y escribiendo por mail otros músicos que querían participar.  Fuimos dándole forma a esas 16 canciones. Comenzamos a pensar en los mejores estudios de grabación para que esto fuera lo mejor. Se Grabó parte en ION y en un año ya teníamos todo listo con esos “monstruos”. Hicimos una tirada de 1000 discos y aparecieron empresas independientes que querían hacer la distribución, y así se fue difundiendo.

-¿Cómo será el lanzamiento del disco?

Alba: Hemos pensado en hacer distintas presentaciones, no grandes cosas. En La Rioja se ofreció una universidad y otro centro de la municipalidad, también una universidad de Entre Ríos.

Ariel: A diferencia del disco de un intérprete con su banda, acá estamos hablando de 16 temas que tienen distintos intérpretes y que hay que movilizar. Cuando vieron lo que esto significaba, más la coyuntura de las elecciones, nos dijeron que no. Este tipo de discos sólo se puede presentar una o dos veces, porque es muy difícil reunir a todos. Hay que hacerlo con tiempo, brindarles las condiciones, por lo que habíamos pensado hacer la presentación en La Rioja y con poca distancia la de Buenos Aires. Al no concretarse una, quedó trunca la otra. Lo que nos ofrecen es hacer cosas más pequeñas, con dos músicos y hacer con otros músicos en otro lugar. 

-¿Cómo fue el paso de Ariel a la música?

Alba: No sabía tocar ningún instrumento, pero tenía un gran oído y si una nota no estaba bien la pescaba al vuelo. Le gustaba escuchar de todo. El comenzó a escribir por su amistad con Ramón Navarro y en el tiempo de Calíbar se juntaba con Edgar Pierángeli, un pianista que dirigía un coro también. Cuando estaba en España, le mandaba un poema a Ramón Navarro y él le ponía música. Y también al revés. De música sabía todo. Todo lo artístico lo conmovía y lo preocupaba. 

Ariel: Hay poemas musicalizados, pero la mayoría son canciones. Escribía con la métrica de una canción y se la proponía a otros músicos. 

-Un surrealista en La Rioja era una rareza por esos años. 

Alba: Fue un renovador. No se definía como surrealista, así lo calificaron. Ariel tenía conciencia del valor de su trabajo, pero era bastante humilde y siempre era de ayudar a todos. Él siempre escribió sobre La Rioja, pero no lo hizo como los tradicionalistas. Era un poeta verdadero y escribía de otra manera. Casi nadie lo entendía, sólo los amigos. 

-¿Cómo fue la época de oro de la cultura riojana (58-62)?

Alba: Primero partió el grupo Calíbar. El gobierno de Frondizi le dio un impulso. Mucho giró en torno al Instituto de Artes Plásticas y fue una época de lujo, porque el director de cultura era Carlos Casen, poeta riojano de chilecito; Miguel Dávila, que fue premio nacional de pintura, era director del museo; Mario Aciar, pintor, era director del Instituto. Y Ariel y otro pintor hicieron el Instituto de Diseño y Técnica Artesanal. La sociedad riojana de ese tiempo rechazaba todo lo de afuera, era muy pacata y tradicionalista de mala manera.

-¿En esa época había mucha inversión en cultura?

Alba: No, todo se hacía a pulso. Miguel Dávila ya era famoso y gracias a sus relaciones con Buenos Aires vinieron a La Rioja  los mejores pintores, quisieron sumarse y exponer sus obras. Iban a los barrios a ver a la gente. 

Ariel: Lo que hacía mi papá era invitarlos y de repente aparecían en La Rioja unas eminencias, que después los llevaba al colegio, a la Sociedad Argentina de Escritores y al Rotary Club. 

-¿Cuál fue su aporte a la cultura riojana?

Ariel: Yo me acuerdo cuando era chico que todas las semanas aparecía alguien, que podía ser del folklore, de literatura o algún discípulo jovencito que venía a pedirle consejo o a mostrarle sus poemas. Mario Paoletti, escritor y periodista, decía que en La Rioja había una dirección de cultura, pero todo intelectual, artista o cantante que venía pasaba primero por la verdadera dirección de cultura, que Ariel Ferraro. Me acuerdo que su escritorio siempre estaba lleno de gente y yo siempre tenía la impresión de que era alguien importante. 

-¿Cómo afectó el exilio su vida y su obra?

Ariel: Yo recuerdo que cuando vivíamos en La Rioja pasaba recluido en su escritorio, recibiendo gente y correspondencia, o leyendo. A la noche iba a dar clases al profesorado. Eso contrasta con mi papá en el exilio, donde fue maestro en un colegio de los curas Asuncionistas de tiempo completo. Siento que le hizo muy bien el exilio, con todo lo difícil que fue el desarraigo. Yo veía a ese maestro que iba con todos los chiquilines cuando tenía que salir a hacer un recorrido o un trabajo afuera, y lo veía muy distinto. Con nosotros era un amigazo, siempre fuimos una muy linda familia, pero sobre todo lo fuimos en el exilio, porque estábamos todos muy pendientes de cada uno.

-Estudió Ciencias Religiosas en España ¿Tuvo un acercamiento a Dios en el exilio?

Alba: Dios siempre ha estado en su poesía. Donde vivíamos había un obispo igualito a monseñor Angelelli, entonces encontramos con algo parecido a lo que queríamos y él empezó a frecuentar la iglesia. Después comenzó a estudiar en un instituto que dependía de la Universidad de Salamanca. Terminó la licenciatura y estaba preparando su tesina con toda la obra de los salesianos en el sur de la Argentina.

Ariel: En el exilio lo encontró de otra manera, se hizo más practicante. Cae en un barrio obrero, el Vallecas, muy grande y de gente con mucha conciencia, muy solidaria con los exiliados y los latinoamericanos. La iglesia también le abrió las puertas y lo religioso que siempre había estado en su poesía se hizo más carne: También se vuelve más comprometido históricamente: íbamos a actividades con otros exiliados, chilenos, uruguayos y ellos venían a las nuestras.

-Pese al sufrimiento del exilio, parece que tuvieron una buena experiencia.

Ariel: Para nosotros fue una cosa muy hermosa.

Alba: Nos enseñó a ver el mundo. En La Rioja no teníamos conciencia de Latinoamérica, de La Patria Grande, eso lo recibimos en España. Eso dependía de donde vivías y los que habíamos caído en Vallecas, uno de los últimos barrios rojos, éramos felices, la gente nos quería, eran solidarios. Nosotros tuvimos mucha suerte de llegar ahí.

-¿Se adaptó a su regreso?

Alba: No, lo pasó pésimo. Él amaba Buenos Aires con toda su alma, pero cuando volvió era una ciudad triste, las fuerzas armadas estaban agazapadas esperando ver a quién agarraban. Había un clima muy feo, más para una persona tan sensible como Ariel. Volvió en septiembre del 84 y murió en noviembre del 85. Tenía presión alta. En España estuvo dos días  perdiendo litros de sangre y sus compañeros de estudio lo llevaron a la guardia. Hasta que lo obligué a ir al médico y le dio unas pastillas. Cuando se vino a la Argentina, no quiso tomarlas más. Un día cuando volví de trabajar, noté que pasaba algo. Fui corriendo al baño y Ariel estaba ya con el derrame cerebral. Lo llevé hasta la cama y ahí perdió el conocimiento. Duró 4 días. Tenía 60 años.

-¿Siente que llegó conforme con sus vida a sus últimos días?

Alba: De lo que fue su obra y su vida, posiblemente sí, pero quería volver a España, llevar su tesina. Tenía dinero ahorrado para volver y soñaba con poder presentar su tesina. Él quería mucho a los chicos y estaba siempre con ellos, a mí también aunque era muy celoso. Creo que su obra también lo satisfacía y además recibía muy buenas críticas.

Ariel: Él hubiese querido volver a Argentina y sentirse algo reconocido, que se abrieran algunas puertas con su obra, porque fue reconocido en el exterior, recibió el Doctor Honoris Causa en universidades del exterior. Por ahí no se dio el tiempo de pensar que acá había habido una dictadura, por lo que debía tener paciencia. 


PERFIL

Un Multifacético

Ariel Ferraro es el pseudónimo que eligió José Humberto Pereyra Escudero para su carrera de escritor, docente y periodista. Nacido en Corral Isaac, zona de Los Llanos riojanos, el 20 de septiembre de 1925, se convirtió al poco andar en un autodidacta. Con un talento innato para las letras, orientó su poesía hacia las corrientes vanguardistas que reinaban en Europa y el mundo. 

Su estilo lo ubica como un renovador de la lírica riojana y su trabajo junto al Grupo Calíbar (jóvenes que se reunieron a mediados de los años 50 para testimoniar y transmitir arte), da cuenta de su amplio aporte a la cultura local. Supo también extender sus lazos a todo el país y el extranjero, manteniendo contacto con consagrados escritores de la época. 

Mostró su faceta de periodista escribiendo para periódicos de distintos países, pero también en radio y televisión, donde debutó en 1952. Fue miembro Sociedad Argentina de Escritores -que le otorgó la faja de Honor por su libro “La Música Secreta” (1962)-; designado Doctor Honoris Causa en “Literatura Sagrada”; en Humanidades y laureado en “Historia del Arte”. 

Su partida al exilio comenzó cuando su esposa, la profesora Alba Lanzillotto, fue detenida y liberada con la amenaza de volver a la cárcel. No pasó mucho hasta que lo detuvieron. Tras su paso por Carmen de Patagones y Montevideo, llegó a Madrid en agosto de 1977 con 300 dólares en el bolsillo. Recién en el mes de octubre pudo reunirse con su esposa y sus hijos, Puqui y Ariel, para instalarse en el barrio de Vallecas, cerca del aeropuerto de Barajas.

En tierras hispanas fue docente en colegios Asuncionistas, debutó como dramaturgo (se pusieron en escena dos de sus obras de teatro),  y estudió Ciencias Religiosas en la Universidad de Salamanca. 

Tras viajar por Francia y Holanda, regresó a Argentina en septiembre de1984, para radicarse en una Buenos Aires que le resultó hostil. Murió en noviembre de 1985 debido de un derrame cerebral.

Su obra figura en antologías y ha sido traducida a varios idiomas, recibiendo elogios de consagrados como Herman Hesse y Vicente Aleixandre.

“Serenata de greda”, 1945; “La Rioja innominada”, 1960; “La música secreta”, 1962; “Visite a Marc Chagall”, 1964; “El Rabdomante”, 1966; “Antepasados del insomnio”, 1966; “Las aventuras congénitas”, 1975; “Ceremonial para arqueólogos ebrios”, 1983; “Antología Poética” (póstumo), 1977.

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